Meditaciones
sobre las
7 palabras

Este pequeño libro de Meditaciones Sobre las Siete Palabras,
fue producido originalmente por el Dr. Andrés A. Meléndez,
orador de “La Hora Luterana” y patriarca de los
ministerios hispanos luteranos en los Estados Unidos.
El Dr. Meléndez falleció el 24 de julio de 1999 y, con
la reproducción de este libro, queremos honrar su memoria.

LA CUARTA PALABRA DE SUFRIMIENTO

“Después de esto, y como Jesús sabía que ya todo estaba consumado, dijo: ‘Tengo sed’, para que la Escritura se cumpliera” (San Juan 19:28).

Esta palabra habla de lo vergonzoso que puede ser el sufrimiento. Cristo no se avergonzó de pedir agua, pero su vergüenza consistía en eso: su falta de defensa. El que Dios pida ayuda demuestra la mansedumbre y humildad a que tuvo que someterse a fin de consumar nuestra salvación.


Hay algo acerca de la majestuosa santidad de Dios que lo haría remoto e inaccesible si no fuera por el Cristo que se sometió al sufrimiento. Sin el sufrimiento de la cruz, la distancia que nos separa de Él sería abrumadora y nos aplastaría. Pero la incapacidad de Cristo en su estado de humillación es la vergüenza de Dios, quien baja a nuestro nivel, desvaneciendo así el terror que podría infundirnos. La súplica por agua, con la vergüenza que ella encierra, es la oración del Hombre de Dolores como sustituto de la humanidad. Con ella, él renuncia a su grandeza para hacerse humilde y se despoja de su majestad para poder pagar.

Tal vergüenza es la señal de la humillación del Señor. Él es el rey pero, no obstante, se hace el siervo de todos. Él es el Señor y se somete al padecimiento de la vergüenza para hacerse el Salvador del mundo. El Dios distante que está por sobre todas las cosas, se acerca a nosotros. La única credencial que presenta el Mesías consiste en que se cuenta a sí mismo entre los que padecen hambre, sed, desnudez, enfermedad y apresamiento, volviéndose así indefenso. Cristo no presenció nuestro sufrimiento desde lejos, sino que participó de él totalmente. De ese modo se hizo uno de nosotros, para poder hacernos uno con él.

Él es el rey pero, no obstante, se hace el siervo de todos. Él es el Señor y se somete al padecimiento de la vergüenza para hacerse el Salvador del mundo.

Esta palabra nos declara que el Señor es también nuestro hermano. Alguien puede desesperarse al ver la impotencia, humildad y sufrimiento de Cristo, pero él estaba dispuesto a arriesgarse a todo eso. Sabía perfectamente que el ser humano, en su pecaminosidad, no podía ponerse al alcance de la comunión y el perdón divinos. Por eso Cristo, el único hombre sin pecado, se sometió al castigo que nos correspondía a nosotros. Sabía que si el ser humano no puede hallar a un hermano en el sufrimiento, mucho menos puede hallar a Dios. No existe ningún atajo que pueda conducir al hombre a la salvación y a la gloria. Solamente puede hacerlo la cruz con todo su sufrimiento y vergüenza.

Así el sufrimiento de la cruz explica por qué la Palabra que se predica es locura e insensatez al hombre natural. La Palabra, ya sea escrita, hablada o sacramental, es objeto de vergüenza al hombre natural. Lo mismo sucede con la cruz. La Palabra no viene a nosotros con santidad aterrorizante; puede ser menospreciada y rechazada. No apela a ninguna defensa fuera de su propia comunicación del amor en medio del sufrimiento.
Dios se ha hecho parte de la triste situación en que nos hallamos y cuando lo invocamos en el día de la angustia, Él nos oye y nosotros a Él. Y todo porque Jesús experimentó la vergüenza del sufrimiento, que es su gloria y nuestra salvación.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, te adoramos por medio de la vergüenza de tu sufrimiento. En tu humildad vemos tu gloria. Te damos gracias porque no presenciaste nuestra triste condición desde la distancia, sino que te hiciste parte de nuestra experiencia e impotencia a fin de librarnos. Concede que no nos avergoncemos ni ofendamos de la vergüenza a que tuviste que someterte para ofrecernos la salvación. Conserva en nosotros una visión clara de la vergüenza de tu sufrimiento para que siempre te demos honra a ti, quien con el Padre y el Espíritu Santo eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.