Meditaciones sobre las 7 palabras

Este pequeño libro de Meditaciones Sobre las Siete Palabras,
fue producido originalmente por el Dr. Andrés A. Meléndez,
orador de “La Hora Luterana” y patriarca de los
ministerios hispanos luteranos en los Estados Unidos.
El Dr. Meléndez falleció el 24 de julio de 1999 y, con
la reproducción de este libro, queremos honrar su memoria.

LA SEXTA PALABRA DE SUFRIMIENTO

“Cuando Jesús probó el vinagre, dijo ‘Consumado es’; luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu” (San Juan 19:30).
¿Ha terminado el sufrimiento? Sí, porque algo decisivo aconteció en el acto redentor de Cristo: el poder de la muerte fue destruido. Al sufrimiento se le ha quitado el poder que puede hacer daño. La cruz puso fin a la hostilidad y la separación. ¿Ha terminado el sufrimiento? No, porque el Cristo que sufre continúa en el sufrimiento de su iglesia, en el de sus redimidos. La batalla sigue en su furia, aunque ya se ha decidido el resultado.

No se ha terminado el sufrimiento, porque todavía llevamos la cruz. Sigue el sufrimiento, porque aún poseemos el viejo Adán.

Pero algunas cosas no fueron consumadas. El dominio del pecado y la muerte sobre la vida del hombre; el reino de las tinieblas; la maldición de la muerte; el poder de Satanás, todo esto llegó a su fin de la manera más decisiva y convincente. Las aflicciones del tiempo presente, aunque aún permanecen, no son comparables con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. El “consumado es” de Cristo fue el grito de victoria, el triunfo decisivo, el acto de Dios mediante el cual se puso fin al desamparo. Con su “consumado es”, Cristo derrotó por completo a todos los enemigos del hombre.

El “consumado es” de la cruz sale a resaltar en nuestro bautismo, en la celebración de la Santa Cena, en cada proclamación del Evangelio salvador.

Pero aún permanece un “todavía no” a esta palabra. El acto decisivo fue consumado, pero la victoria final todavía no se ha celebrado. El sufrimiento todavía continúa. El diablo, como león rugiente, todavía anda rondando buscando a quien devorar; el viejo Adán todavía no se ha despegado de nosotros; el mundo pecador sigue embistiendo al cristiano; el escarnio que produce la humildad de la cruz no ha desaparecido. Las exigencias de la ley han sido satisfechas, pero todavía se sienten sus acometimientos. El aguijón de la muerte ha sido vencido, pero todavía se empeña en revelar nuestra impotencia. El pecador ha sido justificado, pero todavía tenemos que seguir crucificando la carne. El “consumado es” de la cruz sale a resaltar en nuestro bautismo, en la celebración de la Santa Cena, en cada proclamación del Evangelio salvador. Pero todavía esperamos el día final, cuando será enjugada toda lágrima de nuestros ojos. Tampoco ha sido consumada la destrucción de lo malo en cada uno de los pecadores, ni la renovación completa del nuevo hombre. También continúa el procedimiento de la santificación.

Hay que mantener la propia distinción. Cuando vivimos como si nuestro pecado fuera tan grande como para no poder ser perdonado por Dios y cuando vivimos en un espíritu de derrotismo, necesitamos oír esta palabra de sufrimiento: “Consumado es”.


Cuando pasamos el tiempo tratando de justificar nuestras acciones o entregándonos a la desesperación, necesitamos recibir otra vez estas palabras divinas de sufrimiento: “Consumado es”. Pero cuando vivimos como si no tuviéramos un conflicto interno, como si hubiéramos logrado la perfección espiritual, como si estuviéramos satisfechos con el statu quo, indiferentes al llamamiento al arrepentimiento, despreciando la cruz y pasando por alto a nuestro prójimo, entonces debemos recordar que no se ha consumado aún la obra de Cristo. La cruz no ha desaparecido, aunque sea un hecho que sucedió en el pasado. Pero precisamente porque es un hecho verdadero, podemos sobrellevar todo sufrimiento y vencer la muerte mediante el “Consumado es” de nuestro Redentor.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, tú eres el autor y consumador de nuestra fe y de nuestra vida y te adoramos por tu cruz y carácter decisivo. Tú has destruido el poder de lo malo y nos has librado de la maldición del desamparo. Concédenos una conducta diaria que se ajuste continuamente a tu voluntad para que, mediante el poder de tu salvación, podamos vencer el impulso pecaminoso de nuestra carne y por fin participar de la victoria final y vivir eternamente contigo, quien con el Padre y el Espíritu Santo eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.