Meditaciones sobre las 7 palabras

Este pequeño libro de Meditaciones Sobre las Siete Palabras,
fue producido originalmente por el Dr. Andrés A. Meléndez,
orador de “La Hora Luterana” y patriarca de los
ministerios hispanos luteranos en los Estados Unidos.
El Dr. Meléndez falleció el 24 de julio de 1999 y, con
la reproducción de este libro, queremos honrar su memoria.

LA SÉPTIMA PALABRA DE SUFRIMIENTO
“En ese momento Jesús clamó a gran voz, y dijo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.’ Y después de haber dicho esto, expiró.” (San Lucas 23:46).

Cuando el sufrimiento termina, se siente alivio. Pero el sufrimiento no termina y no hay alivio, a menos que uno se encomiende o Dios. Aun en su última agonía, nuestro Señor Jesucristo se encomienda a las manos de su Padre. Cristo muere confiando en su Padre. Pero no muere sin antes consumar por completo la redención del hombre y asegurarle su bienestar eterno.

Se encomienda en las manos de su Padre cuando parece que no hay razón para ello. Pierde su vida, mas sigue depositando su confianza en Dios.

Ya desde el comienzo, desde aquellos días que pasó en el templo con los doctores de la ley, desde la tentación agonizante en el desierto, desde el acontecimiento de su bautismo hasta el tormento del huerto, el juicio vergonzoso y la miseria de la cruz, siempre conservó inalterable la determinación de cumplir con la voluntad del Padre y consumar la obra para la cual había sido enviado. En cada momento penoso de su ministerio fue obediente a su Padre. Ama a su Padre sobre todas las cosas. Nada lo desvía del cumplimiento de su misión. Ni su sufrimiento ni su muerte lo inducen a quejarse de su Padre, ni a proclamar su inocencia, ni a vindicar su santidad. Más bien, muere confiadamente, encomendándose a su Padre. Su último suspiro fue una oración llena de fe y confianza.

Y así consagra el último suspiro del creyente. “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré”. Estas palabras las pronunció Job, quien sufrió lo peor y no obstante siguió confiando en Dios. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” son las palabras del Cristo que sufre, quien fue menospreciado por los hombres y desamparado por Dios y no obstante sigue confiando en su Padre. Se encomienda en las manos de su Padre cuando parece que no hay razón para ello. Pierde su vida, mas sigue depositando su confianza en Dios. Pero así halla vida, porque la vida se encuentra… en las manos de su Padre.


Aquí tenemos una palabra que nos hace capaces de perder todo y, sin embargo, nos previene de perdernos a nosotros mismos. Podemos hacerle frente al último momento de nuestra vida y dar nuestro último suspiro confiando en Dios. La muerte no es simplemente caer en las manos del enemigo, sino caer en las manos del Vencedor celestial. La muerte es una transfiguración, no porque volamos a “mundos desconocidos”, sino porque en el sepulcro estamos con Dios. El Creador sigue siendo el Creador, y las manos que nos formaron del polvo de la tierra también nos reformarán del polvo del sepulcro.

CONCLUSIÓN
Las siete palabras de sufrimiento: “Padre, perdónalos… Hoy estarás conmigo en el paraíso… He ahí tu hijo, he ahí tu madre… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?… Tengo sed… Consumado es… Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, comienzan y terminan con la exclamación “Padre”. No hay razón para la vida ni la muerte y no hay explicación para el sufrimiento sin esta exclamación, sin esta palabra, sin este sufrimiento. Las sietes palabras de sufrimiento son el Evangelio del amor redentor.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al encomendarte al Padre y al Espíritu Santo, el dador de vida, has consagrado el último momento del creyente. Concede que siempre hallemos nuestra vida en las manos de ese mismo Padre y ese mismo Espíritu para que, aunque perdamos todo, no nos perdamos a nosotros mismos. Sostennos durante toda nuestra vida y en el momento de la muerte para que, mediante la visión de tu amor redentor, por fin seamos trasladados a la plenitud de la resurrección. Te lo pedimos, oh Cristo, por tu infinito amor y tus propios méritos.

Amén.